lunes, 26 de abril de 2010

Una tarde por un barrio de Bagdag

El polvo teñía su cara. Una pequeña unidad del ejército norteamericano, en la que él estaba comenzaba su ronda por un barrio de Bagdad, y tenía miedo. Civiles les miraban con una mezcla de odio y temor. Nerviosos, pues sabían que era posible una emboscada en aquel lugar. Edificios altos y medio en ruinas. De pronto, alguien gritó: “¡A retaguardia, francotirador!”. Un pequeño destello despuntaba en la derruida décima planta de lo que antes era un lujoso hotel, fue contestado con una gran ráfaga de proyectiles. Gritos sordos colapsaron sus oídos. El sargento señaló y dijo: “Subir vosotros dos y comprobar al objetivo abatido”. Él y un compañero entraron por el vestíbulo y tres niños bajaron rápidos y llorando por las escaleras. Uno de ellos, con los ojos muy negros y llenos de rabia, se le encaró, y trató de pegarle. Antes de que pudiera hacer nada, su compañero le asestó un violento golpe con la culata. El niño, sangrando e inconsciente, cayó al suelo. “Puto musulmán”, no comprendía porque su camarada lo había hecho, solo era un crío asustado, pero no dijo nada. Subieron sigilosamente por si el enemigo esperaba. Llegaron a la décima planta, y una entrecortada respiración rompía el sepulcral silencio. Se dirigieron cautelosos y descubrieron en el pasillo una desgastada pelota. Entraron a la habitación de donde provenían los ya efímeros suspiros. Un niño de unos diez años, con el pecho encharcado de sangre y sosteniendo con su mano izquierda un espejo los miraba perplejos. Un disparo del rifle de su amigo a la cabeza del muchacho, puso fin a su vida. “¡Jodido musulmán!”. Al oír aquello, despertó de su estúpido sueño patriótico, agarró fuerte por el cuello a su compañero y lo arrojó al vacío. Se sentó al lado de donde estaba el desfigurado niño, comenzó a llorar irremediablemente y sacó su pistola. Estaba arrepentido, no podía hacer frente a sus demonios. Se quitó el casco y escuchó como su unidad comenzaba a subir por las escaleras. Rozó con el frío metal su polvorienta frente, y no dudó. Disparó.

martes, 20 de abril de 2010

A la de aquel día

Simplemente estaban abrazados en su bar preferido y él, dijo: "El beso más delicado que podría darte sería, con la mirada en el corazón".

domingo, 18 de abril de 2010

Un sueño, un despertar.

Ayer soñé con tus besos
tus abrazos,
tu pecho junto al mío
y tu corazón desbocado
al rozarte con mis labios.
Hoy lloro,
ya nada de eso es mío
dejé pasar entre mis dedos
como arena de mar
tus abrazos y besos,
tu demente corazón,
y tu frágil amor.

jueves, 15 de abril de 2010

De paseo

Había ese perfume a humedad que predecía a una tormenta. Paseaba enebrado al brazo de una encantadora muchacha rubia y de ardientes ojos azules. Llevaba ella una camiseta blanca y unos vaqueros ajustados, desteñidos y con algunos descosidos. Pero el complemento que mas me llamo la atención, fue la sonrisa que lucía. A falta de sol, tapado entonces por unas espesas y espumosas nubes, irradiaba de sus arqueados labios una luz necesaria en aquel día tan gris.
Mientras andábamos se recostó en mi hombro y sonrió abiertamente. La miré sin que ella lo percibiera y no pude hacer otra cosa que imitarla. Unos niños jugaban infantiles al fútbol, bajo las vigilantes madres. Sin apartarse de mí, dijo susurrante: "cuando te fuiste, tomaste un pedazo de mi corazón. Ahora estoy completa". No dije nada, simplemente detuve el paso y mis brazos buscaron rodear su cintura. AL hacerlo, oculta en mi pecho, comenzó a llorar en silencio. Me separé unos centímetros y contemplé aquellas estrellas que rodaban por su rostro. "¿Que te pasa?" pregunté ignorante, "Nada" y se lanzó a conquistar mis labios. Sus lágrimas entraron en mi boca, esperaban que fueran de dolor, de arrepentimiento, mas alegría deleitó mi lengua.
Comenzó a caer tímida, una llovizna. Empapados pero contentos de estar el uno con el otro nos quedamos ahí. La naturaleza nos arropaba.

lunes, 5 de abril de 2010

Estación del tren

Sentado en un banco de la estación del tren. Escribo en el ajado cuaderno con la pluma de tinta roja, el recuerdo de la última vez que con ella estuve allí. Los trenes pasan y yo sigo pasando hojas, a veces leyendo lo que había escrito y otras continuando. Al estar allí sentado tengo el privilegio de ver reencuentros emocionantes y desagradables despedidas. Rememoro. Era mas joven, tenía menos barba y el pelo era mas corto. Una chica de pelo azabache, nívea piel y lánguido cuerpo, sonría porque estaba a mi lado. Vi como se acercaba a mi oído y dijo: "Tranquilo, la semana que viene, en este mismo tren, regresaré a tu lado".
Pasó aquella y semana y dos más también. Incluso meses ya sentía en mi piel, pero ella no regresaba. Inmóvil, inmueble mas de la estación, quince minutos antes de la hora acordada y quince minutos después, espero a que, aquella, vuelva a bajar del tren, vuelva a besarme, vuelva a susurrarme.

viernes, 5 de marzo de 2010

Ayudadme a construir una historia

Y asi, con una llamada recibida, dejó de sentirse tan solo.

jueves, 25 de febrero de 2010

Una flor

En la pulida superficie de mármol, descansa una solitaria rosa sin espinas. Ya sus pétalos son solo recuerdo del esplendor anterior. Su tallo, antes esbelto y desafiante, ahora es retorcido y tímido. El rojo sangre que poseía, no es más que costra que se cae de la pierna de un enfermo anciano.
Pero está, guardián y fiel compañía del que ya no tiene vida. Del que ahora a dos metros bajo tierra mora.
Rosa, vigilante muerto del muerto.